Marta Tafalla González, doctora en filosofía y profesora en la Universitat Autónoma de Barcelona, estudia las relaciones éticas de humanos con las otras especies
Marta Tafalla González (Barcelona, 1972), es doctora en filosofía y profesora en la Universitat Autónoma de Barcelona. Su línea de investigación consiste en estudiar nuestras relaciones con las demás especies desde una perspectiva ética y estética. Sus artículos han aparecido en revistas académicas como Estetika, Contemporary Aesthetics, Environmental Ethics, Isegoria, Dilemata o Bioética y Derecho.
Ha realizado estancias de investigación en las universidades de Freiburg, Münster, Potsdam y Londres. Es autora de obras tan significativas como Los Derechos de los Animales, uno de los primeros libros dedicados a esta temática en nuestro país; Ecoanimal. Una estética plurisensorial, ecologista y animalista, obra que aborda temas de ecología y animalismo desde una perspectiva estética y filosófica; Filosofía ante la crisis ecológica, que trata sobre los desafíos filosóficos que plantea la actual crisis ambiental; y la novela Nunca sabrás a qué huele Bagdad que narra la historia de Helena, una niña que crece en un barrio obrero de Badalona durante los años ochenta y que tiene anosmia, es decir, la ausencia del sentido del olfato.
Recientemente, ha publicado un libro de gran interés para todas aquellas personas que quieran formarse en el ámbito científico: Paradojas de la experimentación en animales. Ética, salud y crisis ecológica, libro sobre el cual enfocaremos esta entrevista.
Esta obra ofrece un análisis interdisciplinar para que el lector pueda hacer una reflexión rigurosa sobre las complejas paradojas relativas a la experimentación con animales, pero no solamente desde un punto de vista ético, también en relación a su verdadera eficacia para el progreso de la medicina. Combina filosofía, ética, salud pública y ecología para abordar cómo la experimentación animal impacta no solo en el bienestar de los animales, sino también en la salud humana y el equilibrio ambiental.
«Las distintas formas de opresión y discriminación que tienen lugar en nuestra sociedad están interrelacionadas: se sostienen en discursos equivalentes y se refuerzan unas a otras»
Empezamos con su trayectoria personal. ¿Qué le lleva a escribir sobre los Derechos de los animales no humanos y abordar esta cuestión en el ámbito académico y personal?
Crecí en una familia donde se debatía mucho sobre nuestra relación con los demás animales y el tema me ha interesado desde siempre. En casa veíamos los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente y durante la adolescencia leí a científicas como Jane Goodall y Dian Fossey. Luego, cuando comencé a estudiar filosofía en la universidad, descubrí que las cuestiones que me planteaba acerca de cómo deberíamos tratar a los demás animales eran más complejas y profundas de lo que creía, y que disciplinas como la ética permitían analizarlas de manera crítica.
Respecto al contenido del libro, ¿qué le motivó a escribir sobre un tema tan delicado y tan profundamente controvertido? Puesto que hay que tener en cuenta que tratar estas temáticas comporta un gran coste emocional y un enfrentamiento personal con la comunidad científica.
El principal motivo para ponerme a trabajar sobre este tema es que los animales que son usados para experimentar en sus cuerpos son condenados a vidas de mucho sufrimiento. Viven encerrados en jaulas diminutas, no pueden realizar sus conductas naturales, son manipulados constantemente, se les provocan enfermedades, se les obliga a hacerse adictos al alcohol o a las drogas, se les fuerza a ingerir sustancias tóxicas que les provocan muertes muy dolorosas, se les mantiene con hambre o con sed para así obligarles a hacer ciertas pruebas a cambio de comida o agua, etc.
Y aunque ya hay bastante conciencia social de que la experimentación en animales es muy cruel, es una práctica que continúa condenando a vidas de miseria a millones de animales cada año en todo el mundo. De hecho, la vivisección es tan cruel, que una parte de los propios experimentadores que la practican acaba desarrollando problemas de salud mental derivados de ver el sufrimiento de los animales.
Quería contribuir a que la sociedad conozca mejor este problema y entienda la urgencia de resolverlo. También deseaba explicar que el debate sobre la experimentación no es algo reciente, sino que tiene una historia larga e interesantísima que me parece importante recordar.

Su libro parte de una pregunta clave: ¿puede justificarse éticamente la experimentación científica en animales? ¿Cómo resumiría su respuesta a esta cuestión para alguien que nunca se lo haya planteado?
Hay varios factores a tener en cuenta. En primer lugar, alguna gente cree que solo se experimenta en animales para encontrar la cura a enfermedades humanas graves, pero en realidad hay muchos tipos de experimentación, desde la experimentación militar, donde el armamento se testa en animales vivos, hasta la experimentación al servicio de las industrias ganadera y piscícola, donde se trata de conseguir que la explotación de los animales criados para ser comidos permita obtener mayores beneficios económicos.
También existe la experimentación toxicológica, en la que todo tipo de productos, como insecticidas o barnices, son testados en animales vivos para comprobar su grado de toxicidad.
Y hay asimismo experimentación en investigación básica, que es investigación que no tiene ninguna finalidad práctica concreta y donde a menudo se fuerza a los animales a vivir situaciones de mucho sufrimiento. El elevado uso de animales en investigación básica a menudo responde más a la necesidad de los investigadores de publicar frecuentemente para hacer currículum que no a los avances científicos.
En segundo lugar, aunque la experimentación en animales existe desde hace siglos, durante la mayor parte de su historia fue una actividad minoritaria. En cambio, actualmente, la experimentación ha dado lugar a un complejo industrial global del que viven muchas empresas: las que crían los animales, las que fabrican jaulas, peceras o el instrumental quirúrgico, las que diseñan el software, las que hacen experimentación por encargo para otras empresas…
«El uso de animales en investigación básica responde más a la necesidad de los investigadores de publicar frecuentemente que no a los avances científicos»
La experimentación se ha convertido en un negocio muy lucrativo y conectado a su vez con otros negocios poderosos: la industria militar, la industria ganadera, la industria piscícola y la industria farmacéutica. Eso le confiere un gran poder de lobby para presionar a gobiernos y conseguir que protejan el negocio. También tiene mucha influencia sobre los medios de comunicación.
Como la vivisección mueve tanto dinero, hay muchos intereses en aumentarla. Sin embargo, los animales usados en los laboratorios son tratados con una crueldad atroz, como lo muestran las imágenes que filtró Carlota Saorsa del laboratorio de Vivotecnia, o como lo han explicado experimentadores arrepentidos, por ejemplo, el catedrático de farmacología Richard J. Miller o el catedrático de psicología John P. Gluck.
El libro repasa la historia de la vivisección desde Aristóteles hasta la actualidad. Un aspecto muy interesante lo encontramos a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando el movimiento sufragista-feminista estaba estrechamente ligado a las protestas antivivisección, al vegetarianismo y a la defensa de los animales en general. Estos movimientos estaban vertebrados por un mismo eje que luchaba contra la opresión de una sociedad dominada por el patriarcado. Sin embargo, en la actualidad, no todos los movimientos feministas respaldan abiertamente el movimiento animalista, como si se tratara de asuntos completamente distintos. ¿Qué les diría a las feministas que consideran que las luchas feminista y animalista no tienen ninguna relación?
Les diría que adoptar una perspectiva feminista ya implica un paso muy importante para analizar nuestra sociedad de manera profunda y crítica. La tradición de pensamiento feminista nos ayuda a analizar injusticias y opresiones de una manera lúcida y a pensar formas más justas de convivencia.
Pero si avanzamos todavía un paso más, comprobaremos que las distintas formas de opresión y discriminación que tienen lugar en nuestra sociedad (racismo, clasismo, homofobia, capacitismo, antropocentrismo, especismo…) están interrelacionadas: se sostienen en discursos equivalentes y se refuerzan unas a otras. Esto es lo que comprendieron muchas sufragistas, por eso no solo defendían los derechos de las mujeres, sino que se implicaron en otras luchas sociales, entre ellas, la defensa de los animales. Las primeras organizaciones cuyo objetivo principal fue la lucha contra la vivisección las fundaron sufragistas.

En el libro nos habla de la posibilidad de reemplazar el uso de animales para la investigación científica y sustituir los modelos animales por metodologías más éticas, pero a la vez también más eficaces. ¿Qué alternativas científicas existen?
Actualmente, en la comunidad científica hay una gran discusión sobre la experimentación en animales, porque, además de la cuestión de la crueldad, cada vez más científicos están denunciando que este método es poco eficaz. Las razones de esa ineficacia son diversas, pero las más importantes son dos.
En primer lugar, si queremos encontrar buenos tratamientos para enfermedades humanas, experimentar en otras especies no es lo más útil, porque hay muchísimas diferencias entre las especies. En segundo lugar, los animales usados en experimentación, dado que se los mantiene encerrados en jaulas diminutas, se les impide realizar sus conductas naturales, se los manipula y se les provoca dolor, viven con mucho estrés, y ese estrés puede dañar su salud de múltiples maneras.
Eso significa que cuando un científico le provoca una enfermedad a un ratón o a un perro para estudiarla, se encuentra con que el animal puede desarrollar otros problemas de salud derivados del estrés, que interactúan con la enfermedad que se desea estudiar, y esto dificulta la investigación. De hecho, alrededor del 90% de los medicamentos para enfermedades humanas que funcionaban en animales, luego resulta que no funcionan en humanos. Todo esto es muy significativo, porque implica que hay una relación estrecha entre la crueldad y la ineficacia.
Por ello, cada vez más científicos están proponiendo sustituir los animales por métodos sin animales: tecnologías in vitro como tejidos celulares, órganos en un chip, organoides, y también sistemas computacionales e inteligencia artificial. Para quien quiera hacerse una idea de cómo funcionan estas nuevas metodologías recomiendo la serie de conferencias que está organizando el Johns Hopkins Center for Alternatives to Animal Testing (CAAT), que pueden verse en su canal de Youtube.
«La ética plantea preguntas necesarias y enseña a abordarlas de manera seria y rigurosa»
Finalmente, en el libro queda muy claro que el avance de la ciencia, por desgracia, no ha ido acompañado de la ética, lo cual ha tenido graves consecuencias. ¿Qué consejos daría a los jóvenes estudiantes que quieren dedicarse a la investigación científica para que la ciencia pueda seguir avanzando, pero de forma ética?
Les aconsejaría lo mismo que recomiendan los catedráticos Richard J. Miller y John P. Gluck, a los que mencionaba anteriormente: que además de estudiar ciencia, se formen también en otras disciplinas complementarias. Que estudien historia de la ciencia, filosofía de la ciencia y muy especialmente ética. Estas disciplinas académicas les darán un bagaje intelectual que les permitirá reflexionar sobre la práctica científica de una manera crítica y profunda. De hecho, es una carencia muy grave que los grados en ciencias no suelan incluir una buena formación académica en ética filosófica.
Los científicos se encontrarán con problemas éticos en la práctica profesional, pero si carecen de una buena formación en ética, solo podrán abordarlos con sus propias intuiciones personales. En cambio, si tienen una formación sólida en ética filosófica, podrán analizarlos desde teorías muy sofisticadas, que son fruto de siglos de pensamiento filosófico. La ética plantea preguntas necesarias y enseña a abordarlas de manera seria y rigurosa. Tanto Richard J. Miller como John P. Gluck explican que, cuando comenzaron a tener dudas personales acerca de si experimentar en animales era correcto o no, fue la filosofía quien les ayudó a plantearse esos interrogantes de manera profunda, y los llevó a entender que la ciencia y la ética deben ir de la mano.
También les recomendaría que se formaran en el uso de métodos sin animales, que permiten que la ciencia avance y progrese sin caer en la crueldad.
Autora: Helena Escoda Casas, Historiadora y antrozoóloga, profesora de ciencias sociales.